En cierta ocasión, los niños querían venir ante al Señor, y los discípulos comenzaron a impedírselo. Entonces, el Señor Jesús habló:«Dejad a los niños venir a mí … porque de los tales es el reino de Dios». Si no somos como niños, si no tenemos un corazón como el de los niños – porque los niños perdonan fácilmente. Están jugando, y de pronto comienzan a discutir por un juguete y se enojan, y cada uno sale por su lado, pero al poco tiempo están jugando juntos de nuevo.

Esa es una de las cualidades que tienen los niños. Y también existen otras cualidades. En cierta ocasión, un hermano llegó hasta donde un niño, y le preguntó, como queriéndolo exprimir un poco, para ver qué podía salir de su boca: «Cuando seas mayor, tú, como miembro del cuerpo de Cristo, ¿qué talento, qué don te gustaría tener para servir a la iglesia?». El niño respondió: «Profeta».

El hermano lo miró. «¿Qué profeta, muchacho? Tú no has sufrido nada todavía». Hacía esto para mo-lestarlo un poco más. Entonces, el niño pensó y dijo: «Está bien. Un maestro». Entonces, el hermano le dijo: «¿Qué maestro, muchacho? Tú aún no sabes nada, tienes que aprender mucho». Entonces el niño bajó la cabeza y luego miró al hermano. «Sólo quiero ser un siervo de Dios».

Eso es lo que nosotros somos. Siervos, esclavos, para servir al Señor, para servir a los hermanos, en amor.

 

El modelo de siervo

Existe un modelo de siervo. ¿Y qué siervo es éste? Jesucristo. Ese es el modelo perfecto. El Señor estableció un modelo.

En el desierto, cuando el Señor comienza a entregar el modelo del tabernáculo, existe un mueble – el arca. Esa arca es un modelo, y tiene ciertas medidas. Esas medidas, a nuestros ojos, no parecen ser exactas. ¿Por qué no tiene medidas iguales? ¿Por qué una parte tiene que ser menor y otras tienen que ser mayores?

Y aun existe otra condición: el material. La madera, que habla de la humanidad, porque esa arca es Cristo. Aunque tenga esa madera, ella está recubierta de oro, que nos habla también de la divinidad de Cristo.

Pero, amados, esta madera no es de palmera, que es muy común en los oasis. Es fácil escribir tu nombre, o dar un hachazo en la palmera; es una madera fácil de ser trabajada. Incluso para derribarla. Pero el Señor estableció un modelo, y escogió una madera específica: la acacia. Cuando Moisés pidió acacia, los constructores habrán dicho: ‘¿Acacia? ¿No sería mejor la palmera? Es tan fácil cortarla, y además va a estar recubierta de oro, va a estar protegida, los gorgojos no van a entrar. Es fácil de trabajar; e incluso, cuando la lleven los levitas, no va a pesar tanto, porque es liviana. ¿Por qué la acacia?’.

Pero el modelo es la acacia, una madera difícil de trabajar, toda torcida. Se necesita todo un proceso para comenzar a destorcer esa madera; un proceso complicado, difícil, que lleva tiempo. Se le pone agua y se estira hasta que queda plana, para que se pueda cortar y trabajar en ella.

El Señor Jesús era esa madera de acacia, mas no en relación a ser torcida, eso nos compete a nosotros. Nosotros somos bien torcidos. Se necesita un trabajo del Espíritu Santo de Dios, en la Nueva Alianza. La cruz es el instrumento que va a aplicar el Espíritu Santo en nosotros para ir destorciendo esta madera que somos nosotros.

A veces pensamos que la vida cristiana es algo muy fácil. Nos recostamos tranquilos en nuestra hamaca allá por Aruba o Cabo Frío, tomando agua de coco, y balanceándonos. ‘Ah, qué bueno es ser cristiano. ¡Es tan fácil! No hay esfuerzo ninguno; el Señor hará todo’. Sin embargo, recuerden esa cuestión de la responsabilidad. Usted es responsable, yo soy responsable por aquello que el Señor ha puesto en nosotros.

«Aquel que quiera…». Usted, prácticamente, no está obligado. El Señor quiere. Ahora, el querer del Señor entra en acuerdo con el querer de usted. ‘Yo quiero’. Y el Señor dice: ‘Yo también quiero’. Entonces, la obra del Espíritu en nosotros nos ayuda a tomar la cruz. Pero, antes de tomarla, tiene que haber una renuncia. Entonces el Espíritu habla: ‘Niéguese’. Entonces, ahí entra nuestra responsabilidad, y decimos: ‘Sí’. Negarse a sí mismo, tomar la cruz cada momento, y seguirle a él.

En ese momento, y en cada momento, existen circunstancias en que el Señor va trabajando; y muchas de esas circunstancias son comunes. La palabra de Dios es algo para ser practicado. ¿A quién compara el Señor a aquel hombre que oye la palabra y la practica? Lo compara con una casa que es construida sobre la roca. Pero, ¿saben qué me llama la atención aquí? Lucas, en su registro, es un poco más preciso. Lucas presenta a Jesucristo como hombre, y dice que se debe colocar un fundamento sobre la roca, pero habla de que usted debe cavar sobre la roca.

¿Hay necesidad de cavar en la roca para colocar un fundamento sobre ella? ¿No sería más fácil sólo levantar el fundamento sobre la misma roca, que tener que cavar en ella? Cavar en la roca, no es fácil, requiere trabajo, mucho trabajo. Esto nos habla de intimidad, de profundidad, con el Señor. Entonces podemos levantar la casa, y aunque venga la tempestad, los vientos, aquella casa permanecerá en pie.

Sirviendo en lo común o práctico

Entonces, ese modelo, el Señor Jesús, tuvo su ministerio en la tierra. El Señor Jesús estuvo aquí treinta y tres años y medio. Tres años y medio de vida pública. Treinta años de vida común y tres años y medio de vida incomún.

Ustedes recuerdan, cuando el Señor Jesús entró en Galilea, en la sinagoga de Nazaret, como era su costumbre. El evangelio de Lucas dice que él se crió en Nazaret. Él entra en la sinagoga y toma el libro y lee Isaías 61. Y él dice que aquello que está leyendo, se cumplió. Que él era aquella persona, que él era aquel varón que entregaría las buenas nuevas.

Entonces, ¿qué pasó? Aquellos hombres que estaban en la sinagoga, dicen: «¿Este no es Jesús, el hijo de José?». Y los evangelios de Mateo y Marcos hablan también de su oficio: «No es éste el carpintero? ¿No están entre nosotros sus hermanos? ¿Cómo él dice que es aquel hombre? ¡No!». Hermanos, si existe algo en lo cual el Señor muchas veces es atacado es en su humanidad; pero también es atacado en su divinidad. Entonces, el Señor Jesús tuvo que salir de Nazaret.

Aquellas personas miraban al Señor Jesús, y claro que había allí muchas personas que lo conocían, no sabían todo lo que el Señor era, y su humanidad escandalizó a los judíos. Hermanos, el Señor Jesús es el modelo. Y la vida del Señor Jesús, aquellos treinta años, hablan más en cuanto al tiempo que los tres años y medio. Era lo común.

¿Recuerdan la parábola de los talentos? ¿Y recuerdan la parábola de las minas? Cuando leemos estas dos parábolas, parece que son iguales. Sin embargo, ¿qué habla la parábola de los talentos? Había un señor que repartió sus talentos, sus bienes. Un talento son seis mil dracmas o seis mil denarios. Un denario corresponde a un día de trabajo. O sea, seis mil días de trabajo. Y una mina, son cien denarios, cien días de trabajo.

Cuando habla de talentos, el señor le da cinco talentos a uno, a otro da dos talentos, y a otro un talento. Pero cuando habla de las minas, él da una mina a cada uno de aquellos diez hombres. Todos aquellos hombres tenían algo en común. Entonces, lo común es importante.

A veces pensamos que lo incomún es lo más importante. A veces somos demasiado críticos. A veces miramos a aquellos hermanos que tienen los talentos, y empezamos de cierta forma a criticar, mas olvidamos lo esencial, lo común.

No podemos ejercer nuestro servicio en la iglesia si no ejercemos nuestro servicio en lo común. ¿Cómo podremos obtener lo incomún? Un ejemplo de lo que es común. El Señor Jesús habló: «Si tú das un vaso de agua a un profeta, recibirás recompensa de profeta». Eso es común. Esto es esencial, amados hermanos. En la vida de iglesia, trabajar en lo que es común: el servicio en el cuerpo de Cristo. Pero muchas veces queremos trabajar sólo en lo incomún.

Entonces, amados hermanos, en Mateo 5:1-2 dice: «Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo…». ¿A quién está enseñando aquí el Señor? A sus discípulos. No a la multitud, sino a sus discípulos. Entonces, el Señor empieza a hablar sobre las bienaventuran-zas. Y cuando termina con las biena-venturanzas, les habla sobre la sal de la tierra y la luz del mundo. Entonces está hablando sobre nuestra posición en el mundo.

Y luego él entra en el asunto de la ley, o sea, en los principios del reino con la ley. Pero veamos en lo que el Señor entra aquí. Él no habla primero acerca de las limosnas o sobre la oración o sobre el ayuno. Existen principios espirituales en la casa de Dios, y nosotros debemos respetar esos principios; no podemos pasar por sobre ellos. Porque nosotros hemos experimentado eso, que cuando pasamos por sobre estos principios, es duro, cometemos errores y a veces errores graves.

 

El ejemplo de Cristo

La Biblia nos da un modelo. Cristo es el modelo perfecto. Amados, no podemos introducir primeramente el servicio o el altar del incienso, que tipifica el sacrificio, las oraciones. El candelero, la iglesia, no es el primer asunto a ser introducido, aunque es esencial. La mesa, tampoco. ¿Cuál es la primera pieza, después que fue levantado el tabernáculo y el óleo de la unción fue derramado sobre el tabernáculo, y ese aceite también es derramado sobre las piezas, para después ser derramado sobre la cabeza de Aarón y sobre sus hijos? ¿Cuál es la primera pieza que indicó el Señor? El arca.

¿Qué nos habla Hechos 2:42? «Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles…». ¿Cuál es la doctrina de los apóstoles? ¿Cuál es el centro, el tema central? ¡Cristo! Cristo es el tema central. Entonces, el arca puede ser introducida. Y después que el arca es introducida, puede entrar la mesa con los panes. Esta nos habla de la comunión, y el arca nos habla de Cristo.

Hermanos, si no tenemos un relacionamiento con la persona del Señor Jesús, ¿podremos relacionarnos bien con nuestros hermanos? ‘Ah, el hermano Celso es tan querido, Roberto también’. Pero a cinco mil kilómetros de distancia. Aquí, en estos días, es muy fácil relacionarnos; pero en el día a día, en lo que es común, las cosas empiezan a complicarse. Comienzan a haber roces, y aquel hermano, que era tan querido, dejó de ser querido. ‘Ahora, entonces, vuelva a su casa. ¿Qué hace usted aquí, a cinco mil kilómetros de distancia? Mejor quédese allá. Yo no sabía que usted era tan complicado, tan difícil. Usted es un cactus lleno de espinas’.

Comunión con Cristo. ¿Qué dice Juan? «¿Cómo puedes decir que amas a Dios, y no amas a tu hermano?». Tú no ves a Dios, pero ves a tu hermano y no logras amarlo. Primero, relacio-namiento con Dios. Entonces la mesa puede ser introducida. Hay un rela-cionamiento con el Señor, y entonces usted no tendrá dificultad en relacionarse con su hermano.

¿Usted cree que el Señor Jesús tenía dificultades al relacionarse con sus hermanos? Cuando él estaba trabajando, cuando ya iba a iniciar su ministerio, cuando estaba haciendo una silla, y su madre lo llamaba: ‘Jesús, tráeme un poco de agua del pozo’. ‘Mamá, estoy trabajando aquí; dile a Jacobo o a Judas, que no están haciendo nada. ¡Yo estoy trabajando!’. No. Creo que él, estoy suponiendo, en relación a lo que estoy contando, creo que él paró su servicio y fue a buscar agua al pozo.

Él tenía un relacionamiento íntimo con el Padre. Usted ve que, cuando él dice: «Si alguien te golpea en una mejilla, pon la otra». Yo creo que el Señor experimentó eso en su humanidad, en aquel período en que estuvo oculto, cuando estaba siendo preparado, siendo trabajado. Estaba siendo tentado en todo, pero no pecó. Y cuando alguien lo golpeó en una mejilla, él puso la otra. Él habla de eso en una forma literal, aunque también hay un lado espiritual.

Cuando él habla de si un soldado romano le pide cargar una carga por una milla, él dice que hay que llevarla dos millas. Esa era una ley, y ellos tenían ese derecho. Si alguien iba caminando tranquilo y un soldado lo llamaba: ‘¡Hey, toma mi equipaje!’, estaba obligado a llevarlo una milla. Si no lo hacía, el asunto se tornaba difícil para usted. ¿Usted cree que el Señor Jesús no experimentó eso? Él cargó dos millas. Ah, cuando el soldado romano miró al Señor Jesús, que era obligado sólo a cargar una milla, ¡pero cargó dos millas! ¡Qué extraño!

El Señor Jesús hizo una silla. Él era carpintero, y era el primogénito. Él tenía que sustentar a su familia, a su madre y sus hermanos. Él tenía esa responsabilidad, porque parece que José falleció muy temprano. Y él asumió aquella carga. ‘Ah, soy carpintero’. «¿No es éste el carpintero, el hijo del carpintero?».

Cuando el Señor Jesús entró en un barco con sus discípulos, después que él compartió la palabra, les dijo: «Vamos un poco más adentro, tomen sus redes y arrójenlas al mar». ¿Qué habrá pasado por la cabeza de Pedro? «Señor, en tu palabra, echaré la red». Pero, en su interior, diría: ‘Él es carpintero, no entiende nada de pesca. Esperaré un momento; creo que no voy a pescar nada. Pasamos toda la noche pescando y, ¿qué va a saber de pesca un carpintero? No, Señor, en tu palabra, echaré la red’.

Y lanzó la red, y cuando la estaban recogiendo, comienzan a ver una gran cantidad de peces, porque según Lucas las redes comienzan a reventarse, pero según Juan 21, las redes no se revientan. Allí es un asunto, y aquí es otro tema. Allí son redes, en Juan es la red. Uno es plural, el otro singular. Juan habla de responsabilidad, y Lucas 5 habla de colectividad. Y entonces, comienza la red a reventarse.

¿Y qué hace Pedro? «¡Señor, apártate de mí, que soy hombre pecador!». Ese era su sentimiento; ya comienza a entender que el Señor no es sólo un carpintero, es más que eso. Él es mucho más que un carpintero, él es el arquitecto del universo. El Señor Jesús, Dios y Hombre.

Entonces, cuando el Señor Jesús estaba haciendo una silla, y comienza a golpear un clavo. Y usted, ¿qué piensa? Cuando un clavo se tuerce, él sigue golpeando, y piensa que nadie se va a dar cuenta que va a quedar torcido. ‘Está bueno; hay mucha gente que compra muebles así, y muchos de ellos ni pagan. Así está bien’. ¿Ustedes piensan que él haría eso? No, él tuvo que sacar ese clavo torcido, y volver otra vez, golpe tras golpe. ‘Ahora sí, ahora puedo vender esta silla’. Eso nos habla de la humanidad de Cristo.

Entonces, el Señor Jesús, aquí en el Sermón del monte comienza a hablar de un sentido práctico en la iglesia. Él podría haber empezado hablando de las limosnas, pero hay un principio. No se puede comenzar con el asunto de las limosnas, de la oración o del ayuno sin antes pasar por estos puntos.

Miren los puntos que toca el Señor: Primero habla acerca de la ley. Él no vino a abolir la ley, ni tampoco a los profetas; él vino a cumplir. Vino a cumplir la ley. Fue perfecto. Aunque hubiese seis mil ordenanzas, él es perfecto, él las cumple. Para nosotros, es imposible. Los judíos tenían no sé cuántas ordenanzas, hasta para doblar una cobija.

 

En la relación con los hermanos

¿Sabe cuál es el tema del cual él habla aquí? Mateo 5:21: «Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio». Hermanos, ¿qué les parece? Un homicidio es una cosa muy grave. ¿Cómo pensar que los cristianos podemos tomar un arma y matar a otra persona? Pero, ¿sabe con qué compara Jesús esto? «Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano…». Algunas versiones traducen: «cualquiera que se encolerice sin motivo». ‘Ah, entonces quiere decir que si tengo motivo, puedo pelear con mi hermano; si tengo motivo, estoy liberado’. Pero eso no está en el texto original.

No, ningún motivo, ninguna cosa, nos da derecho de enojarnos contra nuestro hermano. Y si nos enojamos, «será culpable de juicio».«…y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego». Pudo haber hablado de la oración, de las limosnas o del ayuno; sin embargo, él habla sobre el relacio-namiento entre hermanos. Eso es serio.

El versículo 23 dice: «Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti…». ¿Usted espera que venga él hasta usted? ‘Ah, si él tiene algo contra mí, pues, que me busque’. Hasta puede citar textos de la Escritura. ‘Ah, la palabra dice que si pequé contra un hermano, él tiene que venir a hablar conmigo. Y si no lo oigo, él puede traer dos o tres testigos, y si no oigo a los testigos, él va a decirlo a la iglesia’. Pero ése no es el tema aquí; aquí es otro asunto. «…y allí te acuerdas…». Usted sabe que pecó contra ese hermano, entonces no puede dejar su ofrenda en el altar antes de reconciliarse con él.

«Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante» vv. 23-26).

¿Qué les parece? ¿Podemos introducir algo delante del Señor, si existen diferencias o cosas a ser tratadas con su hermano? No, hermano, no se engañe, ni se deje engañar; reconcíliese de prisa. Esto es algo práctico, es algo común. No es necesario que descienda fuego del cielo para realizar esto. Que el Señor tenga misericordia de nosotros.

El Señor Jesús está en nosotros. Él es poderoso. El Señor Jesús endereza nuestros caminos tortuosos, él va delante de nosotros y endereza los caminos torcidos. Él quiebra las puertas de bronce, él rompe los cerrojos de hierro. Lleno de misericordia, lleno de amor. El Señor es muy tierno, lleno de ternura. Usted puede encontrar eso en las Escrituras. Que podamos servirle en lo común, y que también podamos servirle en lo incomún.

En la parábola de los talentos no se habla claramente de lo que el siervo va a recibir. «Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor» (Mat. 25:23). Y en la parábola de las minas, dice: «Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades» (Luc. 19:17). Acá, habla de gobierno, habla de una recompensa de gobierno en el milenio. No se trata de los talentos, sino de las minas.

Para ustedes, aquí en Colombia, es común comer aguacate (palta) con sal, ¿verdad? Sin embargo, para nosotros, los brasileños, la mayoría, eso es… ‘¡Wákala!’ (desagradable). ¿Y qué diría yo del pollo con miel? ‘¡Wáka-la!’, nuevamente. Entonces, sal en el aguacate, para nosotros, es algo in-común; mas, para ustedes, es común. La miel en el pollo, para ustedes es común; mas, para nosotros, es incomún.

¿Qué es lo que hace que algo sea común o incomún? Es un ingrediente aparte. En Brasil, es común el aguacate con azúcar, ¡y con leche! (Por favor, hermanos, no dejen de ir a Brasil por causa de eso. Hay otras cosas, otras comidas, como aquí en Colombia también). ¿Qué quiero decir con esto? Que el Señor, él, es nuestra capacidad, él nos capacita. Nos capacita para comer aguacate con sal. Él puede, y él lo hace. ¿Usted piensa que no? ¿Cree que sólo se trata de las cosas grandes?

El Señor Jesús era tan sencillo. ¿Usted ve la sencillez de él? ¿Cómo él trata los asuntos? Tiene tanta ternura. Cuando él va llegando, Zaqueo, un hombre corre y se sube a un árbol, y el Señor Jesús iba pasando por ahí. Interesante que nadie le habló a él de que Zaqueo estaba arriba del árbol. Él era profeta, y cuando él pasa justamente cerca de ese árbol, él levanta la cabeza –porque Lucas trata de la humanidad de Cristo– y dice: «Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa» (Lucas 19:5).

Hermanos, el Señor Jesús es dulce. Sí, a veces tiene que usar la vara. Amén, gracias por la vara. Tu vara y tu cayado me consuelan. En el Salmo 23, se habla de la vara y el cayado. ¿Usted cree que en aquella experiencia del pastor, esa vara es para golpearlo a usted? Usted ya está pasando por la experiencia de la sombra de muerte. El Señor pasó por la muerte; usted sólo está pasando por la sombra de la muerte.

Él va al frente; él pasa adelante. Él entra en aquel valle, y camina al frente, y las ovejas le van siguiendo. Y él usa la vara para golpear a los lobos, y usa el cayado para tomar a la oveja y ponerla de nuevo en el camino. ¿Usted quiere eludir el valle de la sombra de muerte? Imposible, usted tiene que pasar por ese valle. Es necesario que pasemos por el valle de sombra de muerte, para aprender con él.

 

Un testimonio personal

Antes de terminar, permítanme decirles algo muy breve. Cuando mi esposa partió con el Señor, me vino el peso de la pérdida. No estoy hablando esto para conmoverlos. El Señor me guarde de eso, y guarde nuestros corazones. No es para eso. Entonces, yo comencé a meditar, a recordar algunas cosas que yo podría haber hecho, y no hice, para ella.

Cuando ella estaba en cama, y estaba despierta, yo estaba involucrado en otros asuntos, que podría haber dejado de lado, para poder estar más con ella. Pero no estuve. Y más asuntos, comenzaron a venir a mi memoria. ‘Hubiera podido hacer esto, y no lo hice’. Lo confieso como omisión mía, porque eso es injustificable.

Comencé a meditar en eso. Y ahora, ¿cómo puedo retribuir esto que podría haber hecho y no hice? Ahora, ella ya partió con el Señor. Ya no puedo hacerlo, ya no tengo cómo recuperar ese servicio que podría haber hecho. Entonces, comencé a meditar en ello, y me vino un dolor muy fuerte. Hermanos, por favor, sopórtenme en amor. El dolor fue más fuerte que la propia pérdida.

Esa fue mi experiencia; no sé si pueda ser igual la de otro. El dolor de la pérdida es grande; mas, aquella experiencia que pasé, me trajo un dolor muy grande. Ya no podía recuperar aquello. Eso nos habla de responsabilidad, nos habla de aquellas minas, nos habla de lo que es común, de lo que es cotidiano y diario; nos habla de nuestra responsabilidad delante de Dios.

Y si nosotros no asumimos nuestra responsabilidad delante del Señor, en aquel día, la iglesia va a ser juzgada. Dos libros van a ser abiertos: el libro de la vida y el libro de las obras. Y allí, en aquel momento, aquello que el Señor colocó en usted para hacer, tanto los talentos como las minas, y usted no lo hizo, ¿usted cree que tendrá oportunidad de volver para arreglar eso? No, hermanos, ya no más. Por eso, habrá lloro y crujir de dientes. Mucho llanto y mucho crujir de dientes.

Que el Señor tenga misericordia de nosotros, que podamos poner nuestras manos en el arado, y no mirar para atrás, y avanzar con el Señor. Cumplir con aquello que el Señor colocó en nuestras manos. Que el Espíritu Santo haga que podamos permitir el trabajo del Espíritu en nosotros.

Porque a veces podemos ser como aquellos apóstoles, dentro del barco con el Señor Jesús, que tenían sólo un pedazo de pan, y el Señor les habló de la levadura de los fariseos, y ellos empezaron a discutir diciendo: «Ah, es porque no trajimos pan». Pero el Señor no estaba hablando de pan, él estaba hablando de la hipocresía de los fariseos. Él les dice: «Ustedes no logran comprender, no entienden. Sus corazones aún están endurecidos. Ustedes tienen ojos y no ven; tienen oídos, y no oyen. ¿Aún no entendieron?».

Que el Señor tenga misericordia de nosotros. Él es poderoso en nosotros para hacerlo.

Sirviendo en lo práctico
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