¿DÓNDE ESTÁ LA PROFECÍA CON RESPECTO A LA IGLESIA?

Únicamente en Apocalipsis 2 y 3.

Por medio de estas siete epístolas, el Señor ha querido dirigirnos con respecto a cómo llegar a ser vencedores. El Señor nos está indicando precisamente cómo debemos comportarnos a fin de vencer; por lo cual, mediante el cumplimiento de estas epístolas, Él nos muestra cómo llegar a ser un vencedor en esta tierra. Por tanto, esto se relaciona con la manera en que cada uno de nosotros se conduce.

Al considerar estas siete epístolas en su conjunto, veremos que cada una de ellas se divide en cuatro secciones. Desde la primera hasta la última, todas ellas se parecen entre sí. En primer lugar aparece el nombre del Señor, después se describe la condición de la iglesia y la recompensa a los vencedores y, finalmente, el llamamiento a aquel que tiene oídos. En cada una de estas epístolas, el Señor nos muestra quién es Él, en qué condición se encuentra la iglesia, qué le dará a aquel que venza y, luego, Él hace un llamado a todo el que tiene oídos para que oiga. Hay un llamamiento a los vencedores en cada una de estas iglesias; en cada caso, los vencedores tienen sus propias características, y la recompensa que el Señor da a los vencedores también difiere en cada caso.

Así pues, debemos aprender que independientemente de la condición en la que se encuentre la iglesia, siempre que en ella se manifieste algún problema, si somos fieles delante del Señor descubriremos lo que tenemos que hacer. El Señor nos muestra la manera en que debemos enfrentarnos a tal clase de problema. El Señor dijo que Él es el camino, la realidad y la vida (Jn. 14:6). Así que, no importa qué epístola se aplique a nuestro caso, ni las circunstancias que nos rodean, el Señor no quiere que le demos demasiada importancia a la situación que enfrentamos, aunque ésta sea muy negativa; más bien, Él desea que veamos quién es Él. La revelación hará que recobremos la vista. Con respecto al conocimiento del Señor, basta con recibir tal revelación una sola vez.

Una vez que recibimos tal revelación, superamos todos los errores. Debemos percatarnos, en la presencia de Dios, de cuán grave es la situación que enfrenta la iglesia. Ante tal situación, generalmente clamamos pidiendo ayuda, pero el

Señor dice que únicamente aquellos que le conocen recibirán ayuda. En cada una de estas epístolas el Señor nos dice algo con respecto a Su persona. ¿Podrá este Señor encargarse de tal situación? Así como sucede con la iglesia, también sucede con nosotros. En circunstancias difíciles, tenemos que conocer al Señor que se levanta en contra de nuestras

dificultades. Todo otro asunto es secundario. La solución a todos nuestros problemas depende de cuánto conozcamos al Señor. Hay quienes son capaces de estar sometidos a grandes presiones, mientras que otros no pueden soportar mucho. La fortaleza necesaria para enfrentar adversidades, en mayor o menor grado, depende de cuánto conozcamos al Señor. Por tanto, al comienzo de cada una de las siete epístolas, se presta especial atención a considerar quién es el

Señor. Si uno no conoce al Señor, tampoco podrá conocer a la iglesia. Son muchos los que se sienten satisfechos con la condición en que se encuentra la iglesia hoy debido a que no ven. Ellos no han visto quién está sentado en el trono, ni tampoco han visto los diferentes aspectos de la gloria del Señor ni Sus virtudes. Si conocemos al Señor, descubriremos el pecado del hombre y el pecado de la iglesia. La solución a todo el problema depende de cuánto conozcamos al Señor. Aquellos que sólo conocen un poco a Dios poseen una revelación limitada de Su persona y son más tolerantes de cosas impropias. Pero todo aquel que permanezca en presencia del Señor verá que el Señor le quita toda tolerancia con respecto a aquello que no se conforma a la voluntad de Dios.

Una vez que recibimos revelación en presencia del Señor, Él purga todo aquello que no es según Su voluntad. Entonces sabremos que si deseamos ser santos, obtendremos al Señor; pero que si no tenemos tal deseo, dejaremos de disfrutar

comunión con Él. Con respecto a lo que vimos sobre el contenido de las siete epístolas, debemos comprender que nuestros argumentos giran en torno al problema que representa el sistema. No debemos olvidar que todo cuanto se presenta en las siete epístolas está vinculado al propio Señor. Si conocemos al Señor, condenaremos al pueblo de Dios por andar conforme a sus propios deseos; pero si no conocemos al Señor lo suficiente, toleraremos tal conducta caprichosa.

Muchas veces podemos tolerar la condición en que se encuentran los cristianos debido a que nosotros mismos no somos lo suficientemente fieles a Cristo. De hecho, no somos lo suficientemente fieles al Señor debido a que todavía no hemos recibido la revelación que nos permite conocer al Señor que condena dicha condición como pecado. ¡Oh! ¡A veces, incluso, tenemos que escoger entre servir al Señor o servir a Su pueblo! Ya sabemos que el número siete está compuesto por los números tres y cuatro. Después de Éfeso, surgió Esmirna; y después de Esmirna, surgió Pérgamo.

Estas tres iglesias conforman un grupo, pues son iglesias que ya pertenecen al pasado. Las últimas cuatro iglesias también conforman un grupo. Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea difieren de las primeras tres iglesias mencionadas.

Cuando Sardis se halla presente, Tiatira también lo está; cuando Filadelfia se halla presente, Sardis también lo está; y cuando Laodicea se halla presente, Filadelfia también lo está. En otras palabras, las últimas cuatro iglesias se hallan

presentes simultáneamente. Si bien no se iniciaron al mismo tiempo, ellas concluirán al mismo tiempo. Las cuatro iglesias que existen en nuestros tiempos están llenas de significado. Cuando surgieron las iglesias protestantes, la Iglesia Católica Romana ya había estado presente por más de mil años. Cuando surgió Filadelfia, las iglesias protestantes ya habían estado presentes por más de trescientos años. Cuando surgió Laodicea, Filadelfia había estado presente por varios años. Quienes nacemos en la época actual nos encontramos con algo muy particular: hay cuatro clases de iglesias entre las que debemos elegir. Si hubiésemos nacido antes del siglo catorce o quince, no tendríamos otra alternativa que reunirnos en la Iglesia Católica Romana. Si hubiésemos nacido durante el siglo dieciocho, podríamos elegir entre pertenecer a la Iglesia Católica Romana o a las iglesias protestantes. En el siglo siguiente, en 1825, surgieron Filadelfia y los hermanos, así que tendríamos tres opciones. Después de 1840, surgió Laodicea. Hoy existen cuatro clases diferentes de iglesias. En las cuatro hay personas salvas, algunas mejores que otras. Dios ha dispuesto para nosotros una época en la que tenemos cuatro caminos entre los cuales elegir. Pero el Señor también nos ha mostrado cuál es Su deseo. Ciertamente la Iglesia Católica Romana no responde a tal deseo; esto ya lo sabemos. No hay necesidad alguna de orar para saber si debemos ser discípulos del papa o no. Aunque esta profecía todavía se encuentra en Apocalipsis 2, ahora ya no es necesario indagar si debemos optar por ello o no. Todos los estudiosos de la Biblia saben que ya no es necesario decidir al respecto. Pero todavía subsiste cierta dificultad en cuanto al hecho de que muchos hermanos aún no se han percatado de que la disyuntiva con respecto a optar por las iglesias protestantes ha acabado. ¿Acaso el Señor desea que permanezcamos en Sardis? Extrañamente, hay todavía muchos que están satisfechos en Sardis. Pero si leemos la Palabra de Dios, el Señor nos mostrará que Él no está satisfecho con Sardis. El deseo del Señor es satisfecho únicamente por Filadelfia. En las siete epístolas que hemos examinado, únicamente Filadelfia es alabada por el Señor. En todas las otras epístolas, el Señor siempre hace alguna reprensión. El caso de Esmirna es uno de los mejores, pues ella no es reprendida, pero tampoco es elogiada. El caso de Filadelfia, sin embargo, es diferente. De principio a fin, el Señor sólo tiene palabras de elogio para ella. Entonces, tal vez nos preguntemos si debemos unirnos al movimiento de los hermanos (como si este movimiento fuese algo a lo que nos podemos “unir”). Muchos de los que forman parte de dicho movimiento ya se han convertido en Laodicea. Entonces, ¿qué debemos hacer? Laodicea también es rechazada por el Señor. Si no tenemos cuidado, en lugar de formar parte de Filadelfia, pasaremos a formar parte de Laodicea. En la actualidad, existe una cuestión muy importante a la que los hijos de Dios deben prestar atención. En China, desde 1921, el evangelio se ha hecho cada vez más y más claro, el número de salvos ha ido aumentado, y Dios, cada vez con mayor claridad, ha hecho que dirijamos nuestra atención a las verdades concernientes a la iglesia. Comenzamos percatándonos de que la iglesia es una entidad que procede enteramente de Dios, que únicamente quienes han sido salvos pueden formar parte de ella y que las palabras que Dios puso en la Biblia son las únicas que deben ser obedecidas por la iglesia. Durante ese tiempo, ninguno de nosotros había escuchado acerca del movimiento de los hermanos. Recién a partir de 1927 comenzamos a recibir información sobre tal clase de obra en el exterior. Por medio de la literatura que recibíamos continuamente, supimos que este gran movimiento llegaba a todos los confines del mundo.

Ciertamente, de manera similar, la Reforma también fue un gran movimiento. Mas, por otro lado, pudimos percibir que muchos de ellos habían asumido posturas que corresponden a Laodicea. En aquel tiempo nos planteamos la siguiente pregunta: ¿Qué dice la Biblia? ¿Deben acaso los hijos de Dios unirse a un movimiento? La unidad de los cristianos debe ser en Cristo, no en un movimiento. Así que, dedicamos más tiempo a estudiar la Biblia al respecto. A raíz de ello, ha quedado cada vez más claro para nosotros que aquello que excede los límites de la localidad no es la iglesia, y que aquello que es más reducido que la localidad tampoco es la iglesia. En esta era, Dios nos muestra cuatro iglesias diferentes. Podemos describirlas así: la Iglesia Católica Romana, las iglesias protestantes, los hermanos que se aman mutuamente y la Asamblea de los Hermanos. La cuarta, la Asamblea de los Hermanos, se ha degradado convirtiéndose en Laodicea. En cuanto concierne a dicho grupo, éste constituye una división. A cierto hermano perteneciente a dicho grupo le pregunté una vez: “¿Te parece que soy un hermano tuyo?”. Él me respondió: “Sí, pero en „tu? entorno todavía existen…”. De inmediato le repliqué: “Entonces, ¿qué eres „tú?? ¿Acaso no basta con que yo sea un hermano? Todos los que han sido redimidos por la sangre de Cristo forman parte de „nosotros?”. Siempre y cuando haya un hermano verdaderamente salvo en la ciudad de Chongqing al cual la iglesia en Chongqing no reconozca como tal, ello hará que la iglesia en Chongqing se convierta en una división. Una división exige de las personas algo adicional al mero hecho de ser hermanos para reconocerlas como tales. Aun cuando ellos no se llamen a sí mismos “La Asamblea de los Hermanos”, entre ellos todavía hay límites invisibles que los separan de los demás. ¿Qué clase de personas son las que hoy conforman Filadelfia? En cualquier lugar puede haber una iglesia que sea Filadelfia, o que no lo sea; de hecho, yo no podría decir qué iglesia es Filadelfia y qué iglesia no lo es. Quizás la iglesia en Chongqing es Filadelfia y la iglesia en Kunming no lo sea. Quizás la iglesia en Chengdu sea Filadelfia y la iglesia en Lanzhou no lo sea. Hoy en día, éste es un problema que atañe a cada localidad, de la misma manera que las siete epístolas estaban dirigidas a determinadas localidades. Tenemos que rechazar la Iglesia Católica Romana y tenemos que dejar las iglesias protestantes. Por un lado, ciertamente debemos rechazar estos dos grupos; pero, por otro, debemos preguntarnos: ¿somos Filadelfia o Laodicea? Es fácil abandonar la Iglesia Católica Romana y también es relativamente fácil dejar las iglesias protestantes; todo lo que necesitamos hacer es presentar nuestra carta de renuncia y salir de allí. Pero todavía queda por saberse si somos Filadelfia o no. Ello depende de si hemos salido por la puerta trasera o no. Es decir, si bien es cierto que Filadelfia no puede volver a ser Sardis, ella puede degradarse y convertirse en Laodicea. Las críticas que el Señor le hizo a Laodicea son mucho más severas que las que le hizo a Sardis. El Señor quiere que aprendamos a exaltar Su nombre, porque donde haya dos o tres congregados en el nombre del Señor, Él estará en medio de ellos. Pero jamás debemos exaltarnos a nosotros mismos. Todo aquel que se jacte de ser Filadelfia habrá dejado de tener el testimonio de Filadelfia. Hoy, si usted ha dejado las denominaciones y ha visto la iglesia, entonces la única norma que usted puede adoptar es la Palabra de Dios. Considere a un hermano que acaba de nacer de nuevo; ¿podría usted afirmar que él no es su hermano? Él es un hermano independientemente de si entiende o no claramente la verdad. Si él permanece en su casa, es mi hermano, y si cae en la zanja que hay en la calle, todavía sigue siendo mi hermano. Si ello genera algún conflicto, sólo puedo culpar a mi Padre por haber regenerado a dicha persona. La característica distintiva de Filadelfia es el amor fraternal: en la actualidad, ésta es la única senda por la que podemos andar. Jamás debiéramos manifestar otra clase de actitud según la cual amamos a todos los hermanos que están claros con respecto a la verdad y que son afables, pero nos rehusamos a amar a quienes no son afables. Si alguien entiende la verdad o no, es algo que no nos

atañe. Jamás debiéramos decir: “Tú eres un rebelde”. Lo que quizás veamos este año, no lo veíamos el año pasado. Al igual, tal vez el próximo año ese hermano también vea lo que nosotros conseguimos ver este año. Cuando lea la Biblia, él también será iluminado por el Señor. Dios tiene un corazón muy grande y amplio, así que nosotros también debemos ser de corazón amplio y generoso.

Nuestro corazón tiene que ser ensanchado hasta incluir a todos los hijos de Dios. Siempre que decimos “nosotros” y, sin embargo, no incluimos a todos los hijos de Dios, nos convertimos en la más grande de las divisiones, pues no estamos basándonos en la posición de quienes aman a los hermanos, sino que nos estamos exaltando a nosotros mismos. El camino de Filadelfia es el camino por el cual debemos andar. La dificultad estriba en el hecho de que Filadelfia incluye a todos los hermanos, pero algunos no tienen la capacidad de incluir a tantos.

Permítanme darles un ejemplo. Antes de que se iniciase la guerra con Japón, yo fui a Kunming. Allí había un hermano de la iglesia ________ que quería hablar conmigo. Era un hermano muy bueno. Cuando me vio, me dijo: “¿Recuerda usted que le hice una pregunta en Shanghai? Usted todavía no me ha respondido con respecto a cómo podemos cooperar”. Yo le dije: “Hermano, usted pertenece a la iglesia ________, en la cual yo no tengo parte”. Él me respondió: “Es cierto, pero ello no debiera preocuparle. Lo que quiero decir es que nosotros podríamos cooperar con ustedes de la mejor manera y delante del Señor”. Le dije: “Yo pertenezco a una iglesia a la cual Pablo pertenece, Pedro pertenece, al igual que el apóstol Juan, Martín Lutero, John Wesley, Hudson Taylor, e incluso usted pertenece. Esta iglesia es tan grande que todos cuantos se hallan en Cristo pertenecen a ella, ya sean grandes o pequeños. Pero entre usted y yo hay una diferencia. Yo sólo edifico una iglesia, mientras que usted desea edificar dos iglesias. Mi labor es única y exclusivamente la iglesia de Cristo y no la iglesia ________ para la cual usted labora. Si usted tuviese como objetivo edificar la iglesia de Cristo y no la iglesia ________, entonces ciertamente podríamos cooperar”. Hermanos y hermanas, ¿se percatan de esta diferencia? El amor de ese hermano no era lo suficientemente amplio. Él estaba procurando edificar la iglesia de Cristo al interior de la iglesia ________; así pues, él está edificando dos iglesias. Después que le hablé así, él reconoció que esa fue la primera vez que se daba cuenta de estas cosas; luego de lo cual, tomándome del brazo, me dijo que él esperaba que esta pregunta no volvería a plantearse.

El amor fraternal implica que tenemos que amar a todos los hermanos. Si alguno muestra ciertas flaquezas, eso no tiene relación con este asunto. Yo digo que todos los hijos de Dios tienen que ser bautizados por inmersión, pero no puedo decir que aquel que no se bautiza por inmersión no es mi hermano, pues él ha sido regenerado ya sea que se bautice por inmersión o no. Tal vez hasta podríamos llegar a pensar que regenerar a tal persona ha sido un error mayúsculo, pero es mi Padre quien lo ha regenerado (que el Señor me perdone por hablar así). Ciertamente, si tenemos oportunidad, tenemos que leer la Biblia con dicho hermano para hacerle ver que el eunuco y Felipe “descendieron ambos al agua”, y que el propio Señor Jesús después que fue bautizado “subió del agua” (Hch. 8:36-38; Mt. 3:16). Según la Biblia, el bautismo consiste en que la persona descienda al agua y luego salga del agua, y no que sólo dos dedos bajen y suban. Pero no podemos decir que tal persona no es nuestro hermano debido a que no ha hecho esto. La vida divina, y no el bautismo, es el fundamento en que nos basamos para afirmar que alguien es nuestro hermano.

Aunque creemos que lo correcto es bautizarse por inmersión, no somos la Iglesia Bautista. Nuestra comunión se basa en la sangre de Cristo y en la vida del Espíritu Santo; no se basa en el conocimiento, ni siquiera en el conocimiento bíblico. La única pregunta es si uno tiene la vida de Dios o no. Si él ha sido regenerado, es un hermano. Amarse unos a otros no es otra cosa que mantener esta postura. Siempre que introducimos otras cosas y otros requisitos, nos convertimos en una división. Consideren el partimiento del pan. Pablo, un nuevo creyente, llega a cierto lugar; alguien lo llevó allí, y él verdaderamente tiene un testimonio. Todos saben que él es un hermano; por tanto, pueden partir el pan juntos. En ningún momento existe la necesidad de satisfacer una segunda exigencia. ¿Cree él que la gran tribulación durará siete años? ¿Qué piensa del arrebatamiento: será total o parcial? Si hacemos tales preguntas, estamos equivocados. Si únicamente amamos a los hermanos que son iguales a nosotros, somos sectarios, y esto es contrario al testimonio del amor fraternal.

Damos gracias a Dios que todos somos hermanos. Todo aquel que ha sido redimido por la sangre preciosa de Cristo es un hermano. Si en nosotros surge algo distinto, debe ser a causa de nuestro orgullo personal. Hay quienes afirman: “Únicamente nosotros estamos en lo correcto; todos ustedes, hermanos, están equivocados”. Pero el pan que partimos debe incluir tanto a todos los hermanos que están en lo correcto, como a todos los hermanos que están equivocados.

Si en usted alienta el deseo de seguir al Señor de esta manera, y si usted desea amar a todos los hermanos, ello no significa que todos los hermanos lo amarán a usted igual. Debe percatarse de ello. Sardis salió de Tiatira. Aunque Sardis

cumplió la voluntad del Señor al hacer esto, era inevitable que ella fuese aborrecida por Roma. Asimismo, puesto que Filadelfia surgió de Sardis, las denominaciones se opondrán a Filadelfia. Debido a que las denominaciones tienen que defender su organización, ellos dirán que usted actúa de esta manera porque no ama a todos los hermanos. Según la perspectiva de ellos, amar a todos los hermanos es equivalente a amar a Sardis, como si amar a los hermanos y amar a las denominaciones fuesen la misma cosa. Aquellos que tienen motivos para mantener las denominaciones, criticarán su amor y dirán que dicho amor es defectuoso, debido a que usted no contribuye a la prosperidad de la denominación de ellos. Pero usted tiene que tener esto bien en claro: amar a los hermanos y amar a las denominaciones en donde se

encuentran estos hermanos, son dos cosas muy diferentes. Además, tenemos que comprender que nuestro amor por toda la iglesia, simplemente se basa en si uno es un hermano o no; si uno es hermano, le amamos. En esto consiste amar a los hermanos. Si únicamente amamos a un grupo de hermanos, entonces sólo estamos amando a los hermanos que están dentro de nuestro círculo. Esta clase de amor por los hermanos en realidad no es el amor fraternal, sino el amor que causa división. Si no abandonamos nuestro amor por una división, no podremos amar a todos los hermanos. El amor por una división no solamente es algo incorrecto, sino que nos conduce al error. El amor por una división, el amor sectario, es el impedimento más grande para amar a todos los hermanos. A menos que un hombre se deshaga del amor

por una división, no podrá amar a todos los hermanos. Sin embargo, un hermano que ama a todos los hermanos debido a que no siente el menor afecto por división alguna, será acusado por aquellos de no manifestar amor. Esto es bastante común y no debiera sorprendernos.

Debemos mencionar otro aspecto más. En estas epístolas, siete veces se hace mención de que hay que vencer. El Señor le dice a Éfeso: “Arrepiéntete”. Allí, vencer depende de que nos percatemos de la pérdida de nuestro primer amor. En el caso de Esmirna, vencer estriba en lo que el Señor dijo: “Sé fiel hasta la muerte, y Yo te daré la corona de la vida”. En Pérgamo, el Señor se opone a las enseñanzas de Balaam y de los nicolaítas; por tanto, todo aquel que rechace las enseñanzas de Balaam y de los nicolaítas, es un vencedor. En Tiatira todavía subsisten aquellos que se rehúsan a seguir las enseñanzas de Jezabel. El Señor les dijo a ellos: “Pero lo que tenéis, retenedlo hasta que Yo venga”. En esto consiste vencer. El Señor no les exige que se conviertan en otro Martín Lutero. En Sardis hay unas pocas personas que son vivientes. Si bien ninguna de sus obras fue completa, el Señor le dijo a Sardis que todo aquel que viste vestiduras blancas será un vencedor. A Filadelfia, aun cuando sufre pruebas y tribulaciones, es notorio que el Señor le dice que retenga lo que tiene, pues ella ya venció. En cuanto a Laodicea, no es suficiente con haber aprehendido el aspecto objetivo de las verdades, pues su andar con el Señor tiene que ser una experiencia personal y subjetiva. En todos los casos, vencer está referido a las diferencias que existen entre los hijos de Dios. Las promesas para aquellos que venzan son dadas a las iglesias; por tanto, hay dos categorías de personas en las iglesias: aquellos que vencen y los que son derrotados. El aspecto determinante es que Dios tiene un plan, una norma. Todo aquel que logre alcanzar la norma fijada por Dios, es un vencedor; y todo el que no se conforme a dicha norma, no es un vencedor. Así pues, un vencedor es aquel que simplemente hace lo que debe hacer. Muchos tienen un concepto equivocado al respecto, pues piensan que vencer significa ser especialmente buenos. Pero debemos recordar que vencer es el requerimiento mínimo; es decir, vencer no equivale a estar por encima de la norma fijada, sino conformarse a la norma establecida. Si usted se conforma a dicha norma, es un vencedor. Ser derrotado significa que usted no pudo conformarse al plan de Dios y que su condición está por debajo de lo normal.

No sé como usted se sienta al respecto, pero hoy hay algo que me causa gran alegría: Dios no hizo que yo naciera en la época de Tiatira, un período de casi mil cuatrocientos años, ni tampoco hizo que yo naciera en la época de Sardis. Hemos nacido en esta era, la era de Filadelfia, que apenas tiene poco más de cien años. El Señor hizo que naciéramos en esta era a fin de que seamos Filadelfia. Hoy en día hay muchos vencedores en Laodicea, pero ellos son solamente vencedores en Laodicea. Por todo ello, podemos afirmar que en toda la historia de la iglesia nadie ha tenido una oportunidad tan preciosa como la que tenemos nosotros.

“Al que venza, Yo lo haré columna en el templo de Mi Dios, y nunca más saldrá de allí” (Ap. 3:12). Tenemos que fijarnos en la expresión “nunca más”, la cual nos da a entender que anteriormente salimos al menos una vez. Entre los hermanos, ocho de cada diez han salido alguna vez. A mí me parece que la promesa del Señor aquí es maravillosa. Si una columna del templo de Dios vuelve a salir, el templo se desplomará. Los siguientes tres nombres son muy especiales: “el nombre de Mi Dios, y el nombre de la ciudad de Mi Dios, la Nueva Jerusalén … y Mi nombre nuevo”. ¿Cuál es el significado de un nombre? Un nombre encierra gran significado. El nombre de Dios representa la gloria de Dios. Además de Filadelfia, ninguna otra iglesia ha recibido la gloria de Dios. El nombre de la ciudad de Dios es la Nueva Jerusalén. En otras palabras, Filadelfia lleva a cabo el plan de Dios. “Mi nombre nuevo.” Cuando el Señor Jesús ascendió a los cielos, Él recibió un nombre nuevo, un nombre que es sobre todo nombre (Fil. 2:9-11). Aquí el Señor nos revela que de entre todas las iglesias, Él se fija especialmente en una: Filadelfia. Hoy en día podemos agradecer a Dios por haber nacido en una era en la que podemos ser Filadelfia. Si bien nacimos en una era en la cual la condición en la que se encuentra la iglesia es en extremo confusa, aún podemos ser, gracias a Dios, aquellos que conforman Filadelfia. Finalmente, por favor recuerden que el Señor repite estas mismas palabras siete veces a cada una de las siete iglesias: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Ap. 3:22). Tenemos que prestar atención a estas palabras.

Los ojos del Señor no solamente están puestos en estas siete iglesias, sino también en todas las iglesias del mundo entero, las del pasado y las del presente, las de aquí y las del extranjero. Lo que el Señor dice, Él se lo dice a todas las iglesias. Es probable que la carencia que encontramos en tiempos de Éfeso también ocurra en la Filadelfia de hoy. Si bien el tiempo de Esmirna ha pasado, es probable que en el presente vuelva a suceder lo ocurrido con ella. Es posible, pues, que en una iglesia se presenten las condiciones que hemos detectado en todas las siete iglesias. La iglesia es una entidad más bien compleja. Todas las condiciones especiales que hemos descrito no son sino las condiciones más notorias en ciertos períodos de tiempo. Es, pues, posible que todas estas condiciones sean halladas, en mayor o menor medida, en las siete iglesias simultáneamente.

El Señor dice: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”. Dos personas se encontraban andando por una calle muy concurrida, y una dijo: “¡Espera! ¡Oigo unos grillos por aquí!”. A lo cual su amigo, sorprendido, replicó: “¡No puede ser! El ruido del tráfico es tan intenso que apenas podemos escucharnos el uno al otro, ¿y tú me dices que puedes oír el canto de unos grillos?”. Pero él se acercó a una de las paredes cercanas y le dijo a su amigo que viniera a escuchar; para sorpresa de éste, al acercarse, ¡allí estaba el grillo! Entonces, le preguntó su amigo cómo pudo distinguir el canto de este grillo en una calle tan bulliciosa. Él le replicó: “Los banqueros sólo tienen oídos para el tintineo de las monedas, y los músicos saben distinguir el sonido de los diversos instrumentos. Yo soy entomólogo de profesión, y sólo tengo oídos para los insectos”. El Señor nos dice que aquel que tenga oídos para escuchar las palabras del Señor, ¡oiga! Hay muchos que no tienen oídos para la palabra de Dios y, por ende, no oyen. Pero si nosotros tenemos oídos para Su palabra, ¡debemos prestar atención a estas palabras! Pidámosle a Dios que nos conceda la gracia de andar en el camino recto. Cualquiera que sea la situación, y sin importar lo que suceda, tenemos que optar por el camino de Filadelfia.

Watchman Nee

Somos Filadelfia o Laodicea?
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